CONGRESO MUNDIAL “INFANCIA SIN VIOLENCIA”.Alojadas en orfanato y otras aventuras

Fue uno de los Congresos más fructíferos y reales de mi vida. De alto nivel académico, lleno de expertos y expertas que nos mantuvieron desde la mañana a la noche atentas, movilizadas y no menos emocionadas . 
Todavía no sabemos si por casualidad o adrede, los disertantes de toda América Latina fuimos alojados en los pabellones del ex orfanato Boado de Garrigós: un edificio imponente inaugurado en 1923 por donde no solo pasaron huérfanas sino también niños y niñas que fueron apropiados (y los que tenían contactos recuperados) durante la última dictadura militar. Después se alojaron ahí niños, niñas y adolescentes en “situaciones diversas y problemáticas” de seis a catorce años. 
Llegué a medianoche porque mi avión era el último que llegaba desde Tucumán. Mis desconocidas compañeras de pabellón ya estaban dormidas. Me cambié en el baño enorme con muy poca intimidad a unos metros del dormitorio. 


Volví, busqué una cama libre a oscuras entre desconocidas que roncaban, levanté las frazadas y me acosté en el colchón sin sábanas porque yo no había recibido el mail que decía “traer ropa blanca”. De hecho, yo creía que me alojaba en el “Hotel Garrigós”, no en el ex “Orfanato y otras cosas Garrigós”.
Estaba tan cansada que un colchón en un pabellón me pareció una opción cinco estrellas. 
Me levanté muy temprano para ordenar mi exposición (que sería unas horas más tarde) sentada en el lugar más calefaccionado: un banco de madera en el baño. 
Poco tiempo después comenzaron a desfilar en pijamas y a ducharse decenas de mujeres mientras en el vapor de agua terminaba de escribir mis apuntes .
Me calcé los tacos y el vestido y partí al comedor junto a cuatro chilenas que habían dormido a mi alrededor y ya sabían la dinámica: desayuno hasta las 8:30 o te levantaban las facturas y el café. 

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Trato distante (salvo un guardia de la noche), muros enormes, tres pisos con galerías semejantes a un gran monasterio con patio central y una imagen enorme de Virgen blanca con Niño en brazos .
Una sola entrada (léase una sola salida) de hierro forjado. 
Cientos de metros de parque alrededor: tantos, que desde afuera del predio nadie sabe que hay un majestuoso edificio escondido. 
Ya en el Congreso, empezamos a escuchar y a debatir sobre infancias en situación de encierro (Centro Garrigós!! decíamos y nos reíamos), infancias sin identidad (Centro Garrigós!), hacinamiento (El Garrigós!). Niños que no son escuchados, niñas adoctrinadas, adolescentes fugados y violentados en sus derechos (Garrigós, Garrigós, Garrigós).
Hubieron decenas de detalles que íbamos analizando en pasillos, en horarios, en estructuras de los empleados, en policía de la entrada, en interrogatorios rozando lo tragicómico para cinco adultas libres, que nos empezaron a alertar de situaciones naturalizadas en situación de encierro.
Lo más cómico fue cuando la encargada me pasó la escoba con la pala para que “asee nuestro lugar porque no hay personal de limpieza y entra otro contingente”. Otra vez yo con mis tacos, ahogada de risa, sacando pelusas de abajo de la cama que ameritaban un análisis con carbono 14 para evaluar la época (porque esas pelusas no eran nuestras, seguro).
Quiero aclarar que todo esto no es una queja. Fue la experiencia más completa, divertida y didáctica de un Congreso. Es como que te alojen en la EX ESMA para un congreso de derechos humanos. O en la sala de un hospital público para jornadas de relación médico paciente y calidad de atención. 
Evidentemente, la naturaleza humana es una: de repente, éramos cinco mujeres intercambiando miradas, risas, traficando comida y shampoo y se nos ocurrieron cuatro o cinco travesuras con la única finalidad de enloquecer a la encargada.

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Debe ser que en el Garrigós hay fantasmas. Fantasmas de niñas que se te meten en el cuerpo. Angustias y llantos en paredes que te hacen rogar al cielo que todas ellas estén bien y hayan recuperado algo de sus vidas y sus libertades. Que se hayan empoderado. Que no las hayan adoctrinado. Que las hayan amado y recontra mil amado de nuevo. 
No sé cómo contarles lo que vivimos. Gracias Sonia Almada. Si no fue tu idea el reality, te lo agradecemos porque fue maravilloso. 
Fuimos niñas un poco sufridas y un poco rebeldes, sin intimidad pero solidarias, un poco rigoreadas pero supimos burlar la situación, con horarios e interrogatorios donde queríamos saber dónde estaba la cámara oculta. 
Entendimos la situación de encierro, de desarraigo, de un poco de frío, pero también de “motín”, complicidad, generosidad, risa y sobre todo protección. 
Volvería, volvería sin sábanas . En su lugar pondría cuerdas y todo lo necesario para hacerlos infartar a campanadas a las 3 de la mañana. Que venga el policía de la entrada y se arme el despelote. Porque mi niña interior no descansa. Y quiere ser libre ella y liberar a todas las niñas del mundo. Para reír hasta morir. A pesar de los adultos que se olvidaron lo que es vivir.

Dra Cecilia OUSSET 

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